La octava nota del ángel… [Privado Damian & Naoka]

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La octava nota del ángel… [Privado Damian & Naoka]

Mensaje por Tatsumi Naoka el Sáb Ago 14, 2010 3:25 am

Al atardecer, como de costumbre, algunos de los pasillos de aquella inmensa academia quedaban obligados al abandono por parte del alumnado, siendo reinados por un silencio apacible y una tranquilidad única. Y por aquel solitario instante, paseando me hallaba yo por uno de ellos. Acababa de terminar de elaborar unos apuntes sobre la siguiente actividad lírica que pensaba desarrollar en mis futuras clases: un juego de roles basados en personajes míticos y literarios personificados por los propios alumnos, entre los cuales y por grupos debían hacer que las circunstancias de su personaje elegido encajaran de un modo u otro con las de su contrario, valiéndose únicamente de la información del autor y de la novela donde tenían su origen. Era una técnica creativa mediante la cual los alumnos tenían la libertad absoluta para aprender la manera en la que se forjaban los estilos de las diferentes historias que tenían a su alcance. No era que una clase normal y corriente no les fuese a aportar nada, pero es que prefería dejarles a otros profesores la tarea de realizar los monótonos y aburridos procesos educativos que exigía la Junta. Sentarse detrás de una mesa y leer sin interpretar las líneas de un libro sapiente sobre literatura nunca habían formado parte de mi estilo profesional. Así que pensar en ello era perder el tiempo y más si estaba sumergido en mi característico bloc revisando las notas que estaba tomando sobre aquel nuevo proyecto. La idea en sí era bastante primitiva y aun se hacia necesario afianzar varios detalles más antes de dar rienda suelta a su existencia entre los jóvenes alumnos.

Caminar y apuntar era una costumbre más de tantas. Iba avanzando por el pasillo lentamente sin fijarme en las puertas de las aulas cerradas que se hallaban a ambos lados de mi presencia. La hora estipulada me era totalmente desconocida. Estaba tan centrado en mis quehaceres que nada podía sacarme de mi estado de concentración. Nada, excepto, un leve apunte visual. Fue algo instintivo. Mi atención olvidó las palabras que estaba anotando para que mi cuerpo por inercia se detuviese delante de la única puerta abierta de todo el pasillo. Y mis ojos se desviaron con la simple intención de examinar una de las piezas más célebres que habitaban al fondo del aula y que reposaba con una majestuosidad admirable. Apoyado sobre el marco de aquella puerta desnuda, observé su elegante silueta, elevada por la tenue luz que habitaba en la “desatendida” sala, haciendo que mi alma se estremeciese como cuando la piel se rinde ante una caricia profunda y sentida. ¿Cómo no nos habíamos encontrado antes? Mi querido compañero de fatigas pasadas, mi instrumento para hablar sin utilizar palabra alguna, mi fantasía materializada, mi baúl de los recuerdos… ¿En qué momento nos habíamos olvidado el uno del otro de esa manera tan sencilla? Que hermoso reencuentro.

Guiado por una fuerza invisible “reencarnando” un impulso escondido, me adentré en la habitación y caminé hasta detenerme justo delante de él. Su presencia impoluta se hacía más y más patente cuanto más cerca te hallabas de él. Su formalidad expresada en un brillo coloreado en tonos oscuros era única. Equilibrado, impasible, destacable, aclamado, envidiado, amado, respetado, temible… Así resumía, en parte, la naturaleza del piano. Un objeto que podía producir más sensaciones que cualquier ser humano. Su destemplada superficie se compensaba con la calidez que transmitía cada una de sus notas a través de sus numerosas teclas. Siempre disponible, de comienzos silenciosos, atento a la melodía que iba a interpretar, sumiso ante los deseos egoístas de su propietario... Era mucho más que un artefacto musical, que una herramienta artística o un utensilio para adinerados. Era la maquinaria perfecta para la personificación de la esencia de un sentimiento, una palabra, una esperanza o cualquier término de la misma índole.

Era imposible de ignorar. Mis manos ya ardían en deseos de tocar su “cuerpo” y apreciar su magia. Pero, entonces, ¿por qué no estaba ya sentado sobre aquella banqueta, cuya base rojiza y aterciopelada invitaba sin recelo a ello? Simple. Todo era culpa de su embelezada armonía arquitectónica. Cada uno de sus centímetros conseguía abstraerme por completo del entorno realista en el que me encontraba para transportarme a uno más ilusionista. La de sueños que había creado junto a sus sintonías. Ya casi no me quedaban palabras para expresar lo que era estar a su lado... Aventurándome un poco más, deslicé algo tembloroso una de mis manos libres sobre su solemne tapa. Nunca un roce me había parecido tan extremo, tan apasionado, tan vivo. Si hubiese tenido la oportunidad de ser una nota incontrolada, mi existencia hubiese quedado ligada a un instrumento como aquel de forma eterna. Pero, no, no todo podía ser tan simple y soñado. Finalmente, motivado por las ansias de interpretar, abandoné el bloc sobre aquella misma superficie musical y tomé asiento delante del “teclado” descubierto que con tanto mimo me aclamaba.

Observé mis manos extendidas en el aire nervioso, como si fuera un niño a punto de dar su primer recital. Era extraño porque esa sensación no podía conocerla. Pues, mis años tras el piano habían sido producto de una afición casera. Nada más. Tan sólo las personas que habían convivido conmigo habían apreciado el sonido de un piano en funcionamiento. Pero, aun así, allí estaba en frente de ese conjunto de teclas bendecidas en blancos y negros tonos, preparadas únicamente para mí. Suspiré intensamente y dejé caer mis manos sobre ellas. No hizo falta mirar dónde se posaban, ambas conocían el camino de ida y de vuelta. Y así comenzó el fluido vuelo de la melodía que poco tardó en embriagar la habitación…

Spoiler:

Y de repente, tras la tranquila lluvia de notas, todo cesó. El recorrido se detuvo y la música renunció a su continuidad. ¿Cuánto pudo durar? ¿Dos escasos minutos? Suficiente para sentir la magia de antaño sobrepasar mi límite. Podía sonar estúpido o incluso, demasiado romántico, pero el vaivén de mis manos había dejado que sobre mí pesara la misma sensación que uno palpaba cuando acababa de hacer el amor con su amante más deseado. Pero eso no era lo mejor de toda esa situación, tenía que añadir además el hecho de la cantidad de segundos que se habían dado brindándome la oportunidad de recordar cada una de aquellas tardes en aquel “caserón”. Sonreí como pocas veces hacía. Después de todo, mi infancia no había sido tan horrible, ni tan vacía. No, había algo más que traumas y tristezas. Podía alegrarme con sinceridad ante ciertos recuerdos y casi no me había dado cuenta. Menuda expresión debía tener enmarcada en el rostro tras aflojar aquel cúmulo de emociones que tanto había retenido. Menos mal que no había nadie cerca. Y ahora, en silencio, podía seguir disfrutando un poco más de mi viejo amigo…
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Re: La octava nota del ángel… [Privado Damian & Naoka]

Mensaje por Damian VanHolf el Vie Sep 24, 2010 9:10 am

No sabía ni en que momento de su vida se había desconectado tanto, era como si la esencia de su persona se hubiera desvanecido por completo o sólo se hubiera desvanecido. Ya no se sentía él mismo, se sentía peor que un fantasma, y para terminar de arruinar el asunto, así era como actuaba. Se le miraba ya muy poco en aquella institución, ya ni siquiera regresaba a su cuarto a dormir. Vagaba por las calles sin rumbo por toda la noche, en las madrugadas apenas regresaba y volvía a salir. Había faltado tanto a clases que ya ameritaba un severo castigo, pero mientras la gente menos notaba su ausencia, más se deprimía y se alejaba de todo. Lo único que quería era estar solo, pero eso le hacía tanto daño que su rostro se había comenzado a ver realmente apagado, sin aquel brillo de inocencia que llevaba desde que había comenzado a estudiar en ese lugar.

Mientras observaba inexpresivo los jardines vacíos que recorría, aquel atardecer que sólo le provocaba suspirar angustiada y desesperadamente. Quería llegar a algún lugar pero no sabía ni siquiera a donde quería ir ni porque quería llegar a ese lugar, sólo sentía que algo lo llamaba insistentemente, pero no sabía como responder a ese llamado, quería callarlo, pero no lograba saber como. Se detuvo por unos instantes observando una ventana del edificio, suspiró resignado, ya se había cansado de seguir su camino, sólo deseaba que de pronto todo terminara, pero por alguna razón sentía que su arduo y doloroso camino nunca terminaría hasta que no llegara a ese lugar. Entró al desolado edificio, pensando que no debía estar ahí a esas horas, pero habiendo pasado tanto tiempo sin entrar en ese lugar, ¿por qué algo debía impedirle que entrara ahora?

Caminó inexpresivo entre los pasillos, viendo al suelo tristemente, caminaba como si contara los pasos que daba, como si no tuviera nada mejor que hacer. Por instantes levantaba apenas la mirada, para observar las puertas cerradas, para mirar a través de aquellas ventanas que apenas recordaba, todo se había vuelto tan distinto, tal vez el lugar no había cambiado, tal vez él había cambiado y por eso ahora todo lo miraba diferente, su perspectiva, sus gustos, su forma de ser, su forma de sentir había cambiado, todo se había vuelto más superficial, era como si viera la silueta de las cosas, pero ya no viera nada más, todo desaparecía ante sus ojos, todo dejaba de importarle. Mientras más se adentraba en el edificio más oprimido sentía el corazón, comenzaba a desear ya no estar ahí, pero no podía detener su cuerpo que continuaba siguiendo el recorrido que originalmente se había trazado. Aquel lugar sólo le traía malos recuerdos, tantos que en el momento en el que los vivió le parecieron buenos, pero que ahora sólo le destrozaban el alma por completo, y por más que sentía que comenzaría a llorar de repente, las lagrimas ya se habían secado, su corazón se había endurecido tanto que ni siquiera en su rostro podía reflejar su tristeza.

Se adentró en uno de los pasillos, observando una puerta que se hallaba abierta, sabía que su camino terminaría pronto, cuando llegara a esa aula, probablemente se desplomaría, se quedaría ahí tirado hasta que su corazón no aguantara más y dejara de latir, hasta que alguien lo encontrara y lo diera por muerto, quien sabe lo que podría pasar, pero estaba dispuesto a aceptar su destino fuera cual fuera, no le importaría morir así sin más mérito, sólo se trataba de dejar caer el peso que llevaba cargando desde hacia mucho tiempo y eso parecía demasiado fácil, tampoco le importaba ser salvado en último momento, aunque no soportaría seguirse torturando de esa forma sin razón alguna, no soportaría que después de todo por lo que había pasado recibiera una mala noticia más, tuviera un encuentro que no deseaba, se llevara una sorpresa que llegara a odiar… y a todo esto… ¿a qué aula se dirigía?

Justo cuando pensó en entrar sintió un fuerte frío recorrer su cuerpo. Pegó su cuerpo contra la pared continua a la puerta, cerró sus ojos, tomó aire y se dejó llevar por aquel sonido. Aquel armónico sonido proveniente de un piano había hecho que su cuerpo temblara de frió por unos instantes, se abrazó a si mismo, como si buscara refugio en sus brazos, pero eso no le bastaba. Mientras escuchaba la melodía, había comenzado a evocar recuerdos de un muy distante pasado. Primero el recuerdo de un triste abandono, pero luego recordó como ese vacío había sido llenado, recordó la calidez de su primer amigo, las pequeñas “guerras” ganadas y aquellas que había perdido. La alegría de sentirse querido, la tristeza de ser rechazado, la nostalgia de aquellos momentos en los que todo se podía arreglar con una sonrisa, esos momentos en los que no había prueba tan dura que no pudiera ser superada con la más dulce de las sonrisas.

Luego vinieron aquellos recuerdos de cuando todo se iba complicando más, aquella soledad inmensa que le había marcado de por vida, esa sensación de ser diferente, de no ser aceptado por nadie, de aquel fuerte deseo de seguir luchando, de aquella guerra que no había podido ganar, y de la que sólo había quedado un frío disfraz, el de una persona que era fuerte y que no le importaba nada en realidad.

Pero conforme continuaba la música, más recuerdos eran evocados, llamados por ese deseo, por ese amor a la música que nunca nada había logrado apagar. En los momentos más duros de su vida, siempre se había logrado calmar escuchando algo o componiendo una propia canción, lo único que era seguro, era que no importaba que tan dura fuera la situación, siempre se había logrado calmar gracias a ella. Pero ahora la había olvidado por completo, y no recordaba porque había sido.

Su mente sacó a relucir, recuerdos más actuales, su primer amor, sus verdaderos amigos, aquellos momentos en los que no importaba quien o que, todos tenían razones para sonreír un rato, desde aquella vez donde se pasaron tragos de más, bajo la luz de una fogata, la vez que lo tuvieron que arrastrar medio viaje, su primer concierto, las tonterías que siempre tenía que decir, aquellos amigos que siempre estaban allí, aquellos momentos en los que sobraron las sonrisas y llegaron las lágrimas, aquellos errores cometidos que no pudieron ser solucionados, aquel momento en que toda la magia se perdió por completo. Finalmente llegando al momento de decir adiós, la partida más dolorosa que tuvo que enfrentar, cuando finalmente pudo comprender que eran los amigos, pero ya no le quedaba tiempo para poder apreciarlo. Todas esas cosas que había olvidado en tan poco tiempo. Y cuando había llegado a ese instituto, lo único en lo que pensaba era en regresar, en todo lo que había perdido y en todo lo que quería recuperar, nunca se había tomado el tiempo de apreciar lo nuevo que tenía, aquel lienzo en blanco que podía pintar, lo había despreciado todo tanto, que ese lienzo estaba únicamente pintado con sangre, con dolor y desprecio. Y aún así, extrañaba aquellos momentos de felicidad que había pasado con las personas que había conocido allí, pero simplemente ya no quedaba más…

-No importa… cuanto tiempo pase…
Yo sólo… quiero estar contigo…
Sé que esto es sólo una fase…
Pronto volveré a ser tu amigo…

Deseo poder continuar con la vida…
Sanar pronto esta herida…
No quiero dejar morirme…
Pero sé que no me dejarás rendirme…


Sin querer había comenzado a cantar, como no lo hacía desde hace ya mucho tiempo, pero antes de comenzar, se había acercado lo suficiente como para recostarse en el marco de la puerta. Y sin querer había comenzado a llorar, las lágrimas apenas resbalaban por su rostro, sin que él pudiera demostrar más emoción que esa. Durante su canción se le había quebrado la voz, había comenzado a cantar con dolor en su corazón, pero poco a poco fue llenándose de valor para poder cantar con más fuerza y emoción, pero aún así, sentía que no había sido suficiente para poder expresar lo que sentía…
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Damian VanHolf
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