¡Que perdida de tiempo!

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¡Que perdida de tiempo!

Mensaje por Lumine el Jue Jul 22, 2010 8:21 am

*¡Una grandiosa perdida de tiempo! En eso consistía el plan para esta hermosa tarde del hermoso muchachito de cabellos azulados y ojos disparejos. Ya que se aburría tantisimo en la academia y le deprimía notablemente estar por allí se le había ocurrido cambiar un poco de aires. Por eso estaba en la condenada ciudad, con su aire podrido, cargado de contaminación, aunque eso si, era un aire más limpio que el de su querida Londres, donde él había nacido. Bueno, pues ya que poseía una preciosa tarjeta de tiempo, un humor muy innestable y mucho tiempo libre pensó en ir de compras, pasear, tomar un cafe... Ya se sabe, cualquiera de esas cosas que se hacen en la ciudad. Cosas que, francamente, serían más divertidas si se hiciesen en buena compañia, ¿pero quien podría haber sido esa compañia? No quería darle la tarde a nadie, con sus lamentaciones, llantos y nubarrones negros; no quería ir con alguien que tubiese pareja, viendolos todo el rato besandose y hacerse mimos; y tampoco podía salir con su amante, no porque no quisiese, sino porque exitía la posibilidad de que el maldito nazi, alemán del demonio les acompañase. Estaba solo, ¿y que? Eso no le impedía divertirse, es decir, no mucho.

Aunque no fuese en compañía ni a hacer nada en especial iba vestido de manera peculiar. Sus cabellos de nuevo sin tapar por ningún gorro, si no que iban recogidos en una coleta alta, dejando su nuca y orejas, con pendiente la derecha, al descubierto. Bajando, en su cuello, habían un par de collares adornandolo modestamente, un diente de tiburon o algo similar, una especie de pedazo de cuarzo y un par de cosas más. Era verano, asique la ropa que portaba era fresquita, una camiseta de manga corta con algunos graciosos dibujos en ella junto con unos pantalones piratas vaqueros y unas zapatillas de deportes. En sus brazos llevava unas cuantas pulseras en una y una especie de muñequera de cuero en la otra, y por ultimo, para llevar algunas de sus cosas, como la llave de su cuarto, su movil o su cartera, llevaba una bandolera más o menos mediana, comoda de llevar.

Ya eran las seis de la tarde y llevava un buen rato ojeando libros por aquí y por allá, ¿como podría continuar con su tardé peculiar? La cuestión era entretenerse, daba igual la forma. Entonces pensó en la plazoleta, era un lugar concurrido pero a la vez tranquilo, había muchos arboles y bancos, además de una hermosa fuente, digamos que no era un lugar caluroso. Ya que se había comprado un libro pensó que tal vez podría empezar a leerlo sentadó a la sombra de algún arbol, en uno de esos banquitos de madera, mientras bebía algún refresco. Ya decidido se dirigió hacia allí, caminando entre los montones de personas que rondabán por las calles invadiendo la ciudad, algo muy común en un viernes tarde como hoy. Parejas teniendo una cita, amigos quedando para dar una vuelta, amigas de compras por el centro, familias llevando a los niños a divertirse, y toda esa sarta de cosas.

Por fin llegó a la plaza, en efecto, estaba infestada de personas, pero aún seguía estando tranquila. En eso que mientras miraba aquí y allá sus ojos se desviarón viendo una maquina de refrescos de esas que metías una monedita, seleccionabas tu bebida, y te caía la lata o botella en el hueco. Se acercó sonriente, puesto que todo estaba llendo conforme a lo que él tenía pensado, y justó frente al aparato abrió su bandolera y sacó su monedero, abriendolo cuidadosamente. Cuidado que no fue suficiente, pues plas, en cuestión de segundos unas cuatro o cinco monedas callerón al suelo sin que él pudiese hacer nada para evitarlo. Una por aquí, la otra por allí... Las fue recogiendo una a una, excepto una un poco más escurridiza, que salió rodando hasta chocar con los pies de alguien. Fue a cogerla y alzó la vista para ver el rostro de aquel con el que su monedita había dado, disculpandose un pelín avergonzado. * Lo siento, no tuve cuidado y mi dinero salió corriendo. *Bromeó ahora si, tomando la moneda del suelo e incorporandose de nuevo, para volver hacia la maquina y con esta misma moneda sacarse una lata de te helado al limón, más conocido como Nestea. Guardó de nuevo su monedero y con lata en mano se dio media vuelta.*
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Re: ¡Que perdida de tiempo!

Mensaje por Sapo Peludo el Miér Sep 01, 2010 2:16 pm

Ah~ Cuán aburrida podía llegar a ser la vida. Especialmente si esa vida consistía en pasarse seis horas del día sentado en una aburrida clase, para después de un pequeño descanso en el que creía que al fin sería libre para hacer lo que le diera la gana el resto del fin de semana, descubriera a un profesor que le miraba con cara de "Hace tres días que no puedo ir al baño" y le mandaba, literalmente, arrastrando hacia la maldita clase de recuperación, donde debería estarse otras tres insoportables horas y descubrir, como de costumbre, que más de la mitad de dicha clase había logrado huir de las garras de los profesores que se empeñaban en que aprobaran tercero.

Pues esa clase de vida era la que se vivía todos los viernes del francés. Y a alguien como él, empezaba a cansarle bastante.

Así pues, aquél viernes le dio por cambiar la rutina. La verdad era que, a estas alturas, poco la importaba no saberse la fórmula para hallar... Bueno, para hallar lo que fuera que intentaban explicarles en clase. Tras acabar las clases, una vez notar como el profesor le llamaba, no lo dudó ni un instante.

Comenzó a correr como alma que llevaba el diablo, sin importarle realmente a dónde se dirigía. Esquivó a todos los estudiantes que se encontraba por su camino. Ya que, aunque no podía oír al profesor, estaba convencido de que le seguía sin descanso. Bueno, teniendo en cuenta sus malas experiencias en el pasado, el francés había aprendido a escapar a una velocidad envidiable. Tuvo que controlarse para no gritar de felicidad al cruzar la puerta del instituto. A partir de ahí tan solo le faltaba un pequeño camino hasta el centro de la ciudad.

La verdad, ¿cuánta resistencia tenía él para correr de esa manera? Ya había llegado a una de las calles centrales de la ciudad, y ahora era cuando empezaba a cansarse. ¿Cuánto tiempo había pasado de su partida?... Posiblemente no mucho.

Bueno, ahora lo importante era saber qué hacer. Podía dar una vuelta por ahí... Solo. Mon dieu! Debería haberlo pensado mejor antes de escapar corriendo... Por no decir que sabía que le esperaba un terrible castigo cuando volviese a pisar la escuela.

Dedicó las siguientes cinco horas a mirar tiendas. Sí, a mirar tiendas, cual chiquilla adolescente, solo que literalmente. Invadiendo todo tipo de tiendas, probándose hasta la última prenda para luego decir que no la quería. Luego invadió varias librerías, leyéndose dos páginas de todos los libros que no tenían fundas, más que nada porque aún no distinguía la mitad de los kanjis. Se metió en un supermercado por un buen rato, arrasando con todas las muestras gratuitas, para luego llegar a la conclusión de que en Francia hubieran sido tres mil veces mejores.

Eran más o menos las seis de la tarde, y posiblemente ya no quedaba ninguna tienda en toda la ciudad que visitar. Así que empezó a caminar prácticamente sin rumbo, con las manos en los bolsillos del uniforme del instituto, que aún llevaba puesto. Suspiró al llegar a una plaza llena de gente. Vaya, ¿por qué había tanta gente allí? Ah, porque era viernes... Pero era verano, ¿por qué no se iban a la playa o algo así? Por Dios...

Decidió que tenía sed, por lo que comenzó a caminar hacia una máquina expendedora que había en aquella plaza. Sin embargo, un sonidillo metálico hizo que mirase al suelo, donde observó una monedita rodar hacia su pié. Pocos segundos después, un hermoso muchacho de cabello recogido en una coleta y ojos disparejos, que después de un comentario dio media vuelta para ir a la máquina a la que el francés se disponía a ir.

Sonrió de medio lado y se colocó detrás de él, para que el chico le viera una vez hubo recogido su refresco.

-Bonjour~ -Saludó con una sonrisa.
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Re: ¡Que perdida de tiempo!

Mensaje por Lumine el Miér Sep 08, 2010 7:27 am

*En girarse con lata en mano el saludo de un apuesto rubio perturbó su calma, estaba justo a su espalda, claro, él era el dueño del pie contra el que había chocado su moneda, tan solo que ahora parecía estar aún más cerca del peliazul. ¿Eso no era francés? Vaya, un extranjero y, que casualidad, ese condenado uniforme lo veía hasta en sus tardes libres. Era un estudiante del mismo centro al que él acudía, tan solo que no era de su curso, pues las corbatas son diferentes en tercero, segundo o primero. Si la memoria no le fallaba esa erá de tercero, un superior. Parpadeó un par de veces mirandole, no estaba nada mal, un poco más alto que él, cabellos rubios y ondulados de cierta longitud y ojos tan azules como el cielo en un día despejado como el de hoy.* Buenas tardes. *Contestó con calma sin darle más conversación, no quería entretenerse demasiado hablando con alguien de Rokkentei, después de todo quería quitarse ese maerato lugar de la mente por lo menos por una tarde. Traía demasiados dolores de cabeza el estudiar y residir allí, quizás debería dejar los dormitorios, pero ese viejo no se lo permitiría, haría lo que fuese con tal de amargarle la vida, además, supondría alejarse de Liang y dejar que pasase más tiempo a solas con ese jodido sádico hijo de puta.

Tras haberle saludado ya había cumplido, o eso suponía él, así que pasó junto al rubio rozando cuanto apenas su hombro y se fue caminando hacia un banco, abriendo la lata y dándole un sorbo a su bebida. Ah, estaba tan fresquita, era un día caluroso, tenía que hidratarse bien, no quería llevarse más sustos por una larga temporada, una demanda un tanto complicada de cumplir. Bueno, ya era tiempo de concentrarse en lo suyo, ¿no? Así pues sacó el libró que había comprado de la bolsa, las tapas eran duras y en la portada había plasmada la imágenes de un apuesto joven de no más de 20 años con un parche en uno de sus ojos de un claro azul cristalino, el que le quedaba erá harto hermoso, iban a la perfección con sus cabellos negros. La portada le había llamado la atención, por eso decidió coger el libro, pues parecía bastante antiguo, pero lo cierto es que le había salido muy bien de precio. El titulo de letras en relieve color dorado decía claramente "Shangri-La", un curiosos nombre también, y más curioso aún era el hecho de que tampoco tenía sinopsis y el autor se declaraba anonimo, supuestamente por miedo. Por fin lo abrió delicada y cuidadosamente, comenzando a leer por el primer capitulo, el cual se titulaba "La creación". Había hecho una excelente compra, no llevaba ni diez paginas y ya le estaba gustando, la historia estaba basada en otro mundo, otro todo, era muy imaginativo, sería increíble si existiese de verdad, a él le encantaría visitar tal lugar.

Se leyó el primer capitulo en unos diez minutos, estaba a punto de empezar el segundo, pero se lo pensó mejor y le puso el marca paginas al libro antes de cerrarlo, después de todo las cosas buenas había que disfrutarlas lentamente, si se lo leía en un solo día que gracia tendría, o al menos eso pensó él. Sacó su celular y empezó a teclear con velocidad, estos jóvenes de hoy en día escribían en el móvil con una velocidad de vértigo, ¿no es cierto? Pues nada, una vez escrito el mensaje se lo envió a su amante, estaba aburridillo sin él rondándole con sus peticiones de que se comportara o sus perversiones fantasiosas, era todo un chico sucio, pero bueno, él también lo erá y le amaba con locura. Miró a los bancos de su alrededor para entretenerse observando a los peatones y sus incoherencias, o eso esperaba ver. En un banco estaba una niñita adorable, de cabellos rubios y ojos azules que no le quitaba la vista de encima, y eso que no tendría más de nueve o diez años, pues entre sus manos llevaba a un tierno peluched con forma de conejito de color blanco. Obviamente ella no estaba sola, la mujer junto a ella debía ser su madre, de cabellos también rubios, ciertamente una hermosa mujer, y el apuesto caballero de bigote y cabello castaño sería su padre, una familia de turistas, seguramente. En otro banquito estaba sentada una mujer mayor, una abuelita de cabellos grises que les echaba comida a las palomas con una sonrisa. Más a la derecha había un grupo de adolescentes que tendrían más o menos su edad, escuchaban musica pop con los telefonos moviles, mascaban chicle, leían revistas, que tipico. Dos jovencitas de ese grupo se acercaban hacia el banco con las mejillas rojas y enganchadas del brazo, pasaron pos delante del muchacho sin decir ni mu y siguieron hasta el kiosco entre risitas de nerviosismo. Bueno, no estaba mal observar a toda esa gente, ya más calmado metió el libro en su bandolera y sacó su cajetilla de cigarros, llevándose uno a sus finos labios, mas como siempre le costaba encontrar su mechero. Eran los cigarrillos negros de siempre con fragancia y sabor a vainilla, Black Devil o Black Label o como quiera que se llamasen, vamos, los de siempre. Al fin halló el encendedor, uno de esos ZIPO con hermosos grabados plateados, lo prendió y le dio una profunda calada antes de apartárselo de los labios y liberar el humo para volver a dejarlo descansar en su boca.*
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